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Angeles

  Por Itzhá                                     

Uno de los misterios más grandes de la vida es aprender.  Sí, el aprender es un misterio, un enigma: no todos aprendemos con la misma magnitud, no todos aprendemos a aprender, no todos valoramos los golpes de la vida como enseñanzas, no todos lo que  aprendemos han sido bueno.

 En estos tiempos tan difíciles que todos estamos viviendo como la incertidumbre política y social, la guerra en los países del medio oriente, niños y ancianos amputados o muriendo de hambre...  mientras en el occidente, los científicos se exprimen el cerebro para lograr descifrar el genoma humano, (que por cierto ya lo lograron) para que los que tengan el poder adquisitivo para hacerlo puedan mandar a hacer su hijo a la medida, con el color del cabello que prefiera, con el color de ojos que más le guste, libres de enfermedades que a sus ancestros afectaron.  Todo esto por la módica cuota de experimentar con la vida.

 Con toda esta confusión y la contaminación ambiental que hay en estos tiempos parece ser que la esperanza se ha ido. Parece ser que la conciencia del hombre ha sobrepasado los límites de la vida, del respeto, de la ley divina.  Hoy ya no es escándalo ver cadáveres en la prensa y en la televisión; hoy una película sin sexo o malas palabras no sirve, hoy la moda es andar medio desnuda, hoy la moda es la cesárea, hoy la moda es la liposucción, la cirugía plástica... hoy la vida está totalmente devaluada.

 Alguna vez me he preguntado ¿qué me dirá Dios cuando lo vea, cuando muera? Me dirá acaso “¿qué hiciste durante los tantos años que te di? ¿Hiciste valer tu existencia? Mira que me costaste mucho, casi te ganan allá abajo por tantas travesuras que hiciste, así que ahora dime ¿en qué invertiste todo el tiempo que te dejé vivir...?” Sólo de pensarlo, pues me da escalofrío. De entrada no sabría que responder. 

 Ahora me planteo yo la pregunta ¿qué he hecho? Realmente al hacer mi inventario personal creo fehacientemente que he vivido lo que tenía que vivir, ni un minuto más ni un minuto menos hasta ahora, todo a su tiempo, todo paso a paso, he ido avanzando y he aprendido a caer, a sufrir, a llorar, a amar; pero también he aprendido a levantarme, a seguir adelante, a no ver más atrás, porque el voltearse también cuando vas con paso apresurado puede hacer que te tropieces.

 Y entonces me doy cuenta de que las personas que encontramos a lo largo de nuestro camino por la vida han sido ángeles que nos han dado alguna enseñanza.   Han habido ángeles que se han ido ya al cielo, y esos ángeles que se han ido son los que más tristeza nos causa recordar, pero ¿por qué sufrirlos? Ellos nada más se han adelantado, pero algún día en el paraíso de la creación, nos volveremos a encontrar... allá en la paz, en la calma a donde siempre pertenecieron.

 Cuando conozca a una persona nueva en su camino por la vida, valórela, trate de aprender de ella, de conocerla; no se fije en sus preferencias sexuales, en su raza o en su credo: haga valer su existencia y haga valer la de la otra persona, escúchela, hágale saber que usted es un ser humano igual que ella, todos estamos hechos del mismo material, homosexuales, feos, bonitos, con dinero sin dinero. 

 Y a los que ya tiene a su alrededor o en casa ámelos, dígales cuánto los quiere, hágales saber cuanto importan para usted... un día puede ser demasiado tarde, uno nunca sabe con esto de la neumonía atípica, la guerra y la inseguridad que se vive... uno no sabe en qué momento puede dejar este mundo.

 Para mi ángel JL, de quien aprendí a reconfirmar que los latidos del corazón, nunca se equivocan. Donde quiera que estés, ¡nos vemos!.